Captatio Benevolentiae

Conato de deontología

Escribir es inevitable. Se nos impone diariamente a cada momento: La lista de la compra o las breves notas recordatorias, imprescindibles para una mínima organización del hogar, por muy minúsculo o individual que este sea. Los formularios que con insistencia requieren nuestros “datos personales”, como si fuera más importante saber dónde vivimos que cómo lo hacemos (vivir, se entiende). Los más cumplidores se imponen incluso la carga de enviar postales desde parajes exóticos o con motivo de la Navidad, restregando a sus destinatarios su fortuna o deseando con mayor o menos entusiasmo un próspero Año Nuevo. Y el correo electrónico, en este sentido, si bien pervirtiendo algunos de los más señeros rigores protocolarios, ha contribuido notablemente al cultivo epistolar. Escribimos, pues, aún en contra de nuestra voluntad.

No obstante, algunos, aquejados de extraños pruritos fácilmente identificables, aunque obstinadamente negados, procuran escribir más allá de la mera obligación cotidiana. Gracias a Dios, o a quién quiera que se ocupe de estas cuestiones, junto a los picores crece la mala hierva de la conciencia y del pudor. Por eso, renuncian con pereza o nobleza, según se vea, a forjarse unas alas, si tal posibilidad les hubiera sido dada, que les den vía libre en el espacio aéreo del Parnaso. En vez de volar libres entre las musas, y arrojarse al proceloso mar de la creación literaria, que en ocasiones es más bien vinoso ponto, con terribles consecuencias hepáticas, se conforman con reptar entre las letras y observarlas a ras del suelo, desde dónde se aparecen como monolitos dignos de la más genuflexa adoración.

Quisiera poder justificar mis letras. Pero, por el momento, me conformaré con observarlas.

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